sábado, 6 de junio de 2009

Obama y el califato

Supongo que os habréis enterado de la noticia más importante del siglo XXI, que dijo una política española del partido del gobierno, llamada Pajín, (Nada que ver con el diminutivo de "paja" o "pajuda"), que nos ha anunciado solemnemente que, estemos atentos al acontecimiento planetario, que ocurrirá a partir del 1 de enero próximo cuando ocurra la conjunción de los gobernantes "progresistas", el uno al mando del continente americano y el otro, (el jefe de ella), al mando del continente europeo, (Cuando a España le toque por turno, presidir la Comunidad Europea)...

Mientras tanto, Obama metía la pata en El Cairo, ignorante de España y se historia, y asesorado por analfabetos, y cometió dos errores graves, el uno, histórico al mezclar el califato de Córdoba del siglo X, con la inquisición española, del siglo XV, y el otro, político, al mencionar la "Alianza de Civilizaciones" que fue la "parida" principal de Zapatero, y no mencionar a éste y atribuírsela a Erdogan, de Turquía...

Menos mal que, cuando ocurra la conjunción planetaria, ya todo se habrá olvidado, y el mundo entero entrará en una era de flicidad y prosperidad infinitas...

El artículo de Ignacio Camacho de hoy, nos aclara el tema...

 

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Obama y el califato

IGNACIO CAMACHO - Sábado, 06-06-09 - ABC.es - Opinión - Firmas

 

CUANDO los dos líderes planetarios de ambos lados de la mar océana se encuentren en enero merced a la conjunción astral de la galaxia progresista, Zapatero debería dedicar unos minutos de su misión cósmica a explicarle a Obama que el Califato de Córdoba y la Inquisición están separados por cinco siglos, más del doble de la edad de la nación americana. La exactitud de los datos tiene un cierto valor en política, sobre todo cuando se trata de adquirir credibilidad, y el presidente estadounidense, que tiene mucha, ha permitido que su patinazo histórico diluya ante la opinión pública española la importancia de su discurso en El Cairo, versión ampliada de la Alianza de Civilizaciones que el futuro colíder global diseñó con tanto mimo para que su colega cometiese el imperdonable olvido de ningunearlo al citarla o, peor aún, de atribuírsela al turco Erdogan. Así no va a haber modo de liderar el planeta mano a mano.

Error cronológico aparte, la ya célebre referencia obamista a la tolerancia perdida de Al Andalus procede de un extendido tópico de la mitología histórica, que se sobrepone en el imaginario contemporáneo a la terca realidad documentada de una abusiva dominancia musulmana sobre las religiones y razas con las que se supone que el Califato convivía en armonía y esplendor. Quizá sea mucho pedir que el «negro» -que por cierto es blanco- que le escribe los discursos a Obama se haya leído a Serafín Fanjul, implacable debelador del mito andalusí que sospecha que a la paloma de Ibn Hazm acabaron retorciéndole el pescuezo con su lírico collar, pero sí al menos debería conocer a Bernard Lewis, que escribe en su lengua. Lewis, antipático politólogo arabista de autoridad mundial, duda de la existencia de ese islam moderado al que la Casa Blanca desea tender la mano, y al respecto pueden ocurrir dos cosas: que lleve razón o que no. Si no la tiene, Obama quizá pueda abrir una nueva era de paz y de diálogo, pero si la lleva el asunto acabará como en otras experiencias similares de anteriores presidentes demócratas, que han terminado tirando montones de despechadas bombas sobre los presuntos amigos empeñados en comportarse de forma poco amistosa con ellos. Así que más vale que Lewis no esté en lo cierto, por la cuenta que nos trae a todos.

De momento el que se ha equivocado es el propio Obama, y por cinco siglos de diferencia. El resbalón constituye un decepcionante episodio para sus admiradores, entre los que me cuento, porque un hombre de su prestigio no merece que le escriban discursos basándose en la wikipedia. Los cientos de asesores de Zapatero tienen tarea para el día glorioso de la alineación de los astros: elaborar unas fichas históricas medianamente rigurosas para que al menos nuestro timonel planetario no parezca recién graduado en la Logse.

 

miércoles, 3 de junio de 2009

Ni memoria ni historia

 

 

Dos artículos publicados ayer en ABC, el primero, nos explica razonadamente por qué es un imposible la "Ley de Memoria Histórica" del gobierno de España y el otro, al hacer un análisis de los tontos por metro cuadrado que hay aquí, nos explica por qué aguantamos todo, como si nada...

 

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Ni memoria ni historia

JOSÉ MARÍA CARRASCAL - Martes, 02-06-09 - ABC.es - Opinión - La Tercera

 

Quienes unieron memoria e historia no sabían lo que hacían o buscaban que no lo supiéramos. Se trata de dos materias completamente distintas, que sólo por casualidad coinciden, aunque la mayoría de las veces difieren e incluso se contradicen. La memoria es individual, particular, incontrastada, con tal porcentaje de subjetivismo que la inhabilita como ciencia y la acerca a la ficción. No somos parciales al juzgar los hechos que hemos vivido, y cuando alguien escribe sus memorias, no nos cuenta lo que ocurrió. Nos cuenta como él o ella lo vivió, que no es lo mismo. Cuando no trata de manipularlo para justificar una acción indigna por su parte o de resaltar inmerecidamente sus méritos. En pocas palabras: la memoria suele ser bella, pero poco de fiar.

La historia es otra cosa. Por lo pronto es, o debería de ser, objetiva, colectiva, contrastable. Se la ha llamado «maestra de la vida» -sin que hayamos aprendido demasiado de sus lecciones- y se la ha usado a menudo como arma arrojadiza contra el adversario, lo que es prostituirla. En su papel más noble, es «la recapitulación de los hechos tal como han ocurrido,» según Ranke. Tremenda labor. ¿Quién puede recapitular lo ocurrido tal como acaeció? El simple hecho de que en la inmensa mayoría de los acontecimientos haya vencedores y vencidos nos advierte que tendremos versiones distintas de los mismos, ya que no pueden haberlos visto con igual perspectiva. A «la historia la escriben los vencedores» podría añadirse «y la fabulan los vencidos». Es su justicia poética. Todo ello no obsta para que la historia esté mucho más cerca de la ciencia que la memoria, y pueda convertirse en ella cuando el historiador, como el científico, reduce su yo a la mínima expresión y se atiene a todas la fuentes disponibles, sin discriminación alguna. ¿Difícil? Sí. Pero no imposible.

En cualquier caso, memoria e historia no pueden meterse en el mismo saco a no ser con ánimo de equivocar o equivocarse. No existe una «memoria histórica» porque la memoria pertenece a los individuos y la historia, a las naciones, habiendo tantas historias como naciones y tantas memorias como individuos. Una incompatibilidad que se acentúa cuando se da a la memoria el rango principal de sustantivo, y a la historia, el secundario de adjetivo, como ocurre con nuestra Ley de Memoria histórica, lo que la inhabilita para el propósito que dice tener: cerrar definitivamente la guerra civil. Como han advertido bastante expertos nacionales y extranjeros, tanto de izquierdas como de derechas, estamos ante una ley que abre heridas, no las cierra. La controversia que no cesa en torno a ella lo confirma.

Quiero fijarme sólo en un aspecto del debate, ya que abordar todo él llevaría un volumen y, puede, una entera biblioteca. Me refiero al argumento preferido de quienes consideran más viciosos y execrables los delitos del franquismo que los republicanos. «Durante la guerra -es su principal argumento- hubo excesos, barbaridades, crímenes por ambas partes. La misma lucha los propiciaba, y es imposible, por tanto, decir quién fue más culpable. La diferencia surge al finalizar la contienda. Cesa la lucha en los frentes, pero no los excesos franquistas, que fueron amplios, sistemáticos, dándoseles incluso apariencia de legalidad, cuando se trataba de una represión gubernamental en toda la regla. Eso es lo que los hace más condenables y delictivos que los cometidos bajo la República.»

Y eso mismo, añado yo, es lo que demuestra la falacia del argumento. Pues para hacer una comparación se necesita algo con lo qué comparar, que aquí no hay. No sabemos qué hubiera ocurrido en una posguerra republicana, por la sencilla razón de que no la hubo. Pero no creo que, de haberla habido, hubiese sido menos represiva que la España del 1 de abril de 1939 en adelante. Puede incluso que hubiera sido más, pero tampoco vamos a asegurarlo, para no caer en el mismo pecado de quienes arguyen sin bases reales en que apoyarse. Pero tenemos muestras de cómo actuaba esa República en los tiempos previos a la guerra civil, con oficiales de los cuerpos de seguridad saliendo en busca de líderes de la oposición para dejarles muertos ante las tapias de un cementerio y amenazas de muerte en el propio parlamento. Los burgueses de izquierdas que trajeron el gobierno del Frente Popular habían perdido el control de los acontecimientos «antes» de que se produjera el levantamiento, como reconocen la inmensa mayoría de ellos en sus memorias. Si esto era así en julio de 1936, ¿qué hubiera ocurrido al final de la contienda, de haberse impuesto el ejército republicano en el campo de batalla gracias a las armas soviéticas y sometido a la férrea disciplina comunista? España no hubiera sido una «república burguesa». Hubiera sido una «democracia popular» al estilo de las implantadas por Moscú en la Europa del Este al acabar la Segunda Guerra Mundial. Todos sabemos los métodos expeditos que allí se usaban, con purgas que no perdonaban a los propios camaradas «desviacionistas». ¿Por qué creen ustedes que Inglaterra y Francia se mostraron tan renuentes en ayudar al bando republicano y acabaron reconociendo a Franco? No sabemos la magnitud de la represión llamémosla republicana por mantener las formas, tras su hipotética victoria. Pero si nos fijamos en lo ocurrido en su campo durante la contienda -fusilamiento de republicanos moderados, como Melquíades Álvarez, aniquilación de elementos disidentes, como el POUM, persecución sistemática de todo el sospechoso de pensamiento conservador o religioso- no es descabellado pensar que sería bastante peor que la represión franquista. Pero, repito, no caigamos en el mismo sofisma de quienes tratan de vendernos conjeturas como realidades y dejémoslo en que sería, por lo menos, igual. El simple hecho de que ni siquiera los prohombres republicanos, como Alcalá Zamora, todo un ex presidente de la República, no se sintieran seguros en ese bando y prefirieran vivir en el extranjero durante la contienda, es la mejor prueba de las pocas garantías de seguridad que había en él, que no iban a aumentar, sino al revés, a disminuir, de haber terminado la lucha con un triunfo de sus armas. Así que ya está bien de que incluso catedráticos de Historia nos vengan una y otra vez con el argumento espurio de que los excesos republicanos se dieron sólo en el fragor de la lucha, lo que los hace comprensibles, mientras los excesos franquistas continuaron tras callar las armas, lo que los hace imperdonables. Eso es mirar con un solo ojo, utilizar sólo los datos que refuerzan los argumentos de un debate e ignorar los que no interesan. Eso es hacer política, no historia. Y, menos que nada, esa no es forma de superar la Guerra Civil. Ambas partes son igualmente condenables de excesos, y quien sólo los vea en una o intente establecer categorías entre ellos, lo que de verdad está haciendo es soplar sobre los rescoldos que aún puedan quedar de la contienda para avivarlos.

Voy a terminar con una cita de Ortega que viene al caso como anillo al dedo: «Necesitamos la historia en su integridad, no para volver a caer en ella, sino para ver de poder escapar de ella.» Justo lo contrario de lo que estamos haciendo ahora: enfangarnos en una memoria histórica que no es memoria ni es historia. Es un intento inútil de dar la vuelta a ésta, pues lo que pasó, pasó sin remedio. A no ser que lo que se busque sea la revancha. Mala consejera.

 

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La ley del más necio

TOMÁS CUESTA - ABC.es - Opinión (martes 2 de junio de 2009)

 

CARLO María Cipolla (pronúnciese Chipola para ahuyentar la tentación del ripio chabacano) fue uno de los grandes historiadores económicos del siglo pasado y sentó cátedra, en su especialidad, de maestro amenísimo e investigador irreprochable. Autor de una veintena de títulos que, en el ámbito académico, se consideran clásicos, su fama entre el gran público se debe, sin embargo, a un librillo satírico que, en principio, no pretendía ser más que un divertimento de índole privada. La obra en cuestión, como muchos de ustedes saben, se intitula «Allegro ma non troppo» y reúne, en apenas cien páginas, dos auténticas cumbres del panfleto erudito y la ironía en rama. En la primera parte -que analiza el papel de la pimienta en las sociedades medievales-, se pasa la metodología del marxismo por el forro de la irrisión desopilante. Es la segunda, empero, la que le transformó en una celebridad mediática. Un «capolavoro» con el que el lúcido italiano se lució formulando «Las leyes fundamentales de la estupidez humana». A conciencia y con-ciencia: a través de un sistema matemático con sus correspondientes ecuaciones, sus curvas y sus gráficos.

Si han leído ya al profesor Cipolla, reléanlo de nuevo porque nunca defrauda. Y si, por cualquier motivo, no han tenido el placer de estrecharle la mano, acudan sin demora al librero de guardia (se encuentra en el catálogo de Crítica y sale por lo mismo que un par de cañas mal tiradas). Lejos de caducar o apolillarse, las tesis que Cipolla esculpió hace veinte años siguen siendo un retrato fidedigno de lo que padecemos a diario. Este país, en lo tocante a majaderos, es el metro de Tokio a la seis de la tarde: no cabe un memo más ni aún estrujándole. Pero aquí, los mendrugos, en vez del «De profundis», canturrean el «Himno a la alegría» a lomos de sus coches oficiales. Tenemos zampabollos de todos los colores y todos los encastes. No encuentras un lugar en que posar la vista sin que la quemazón de la burricie te abisme la mirada. Babiecas a la izquierda; a la derecha, sandios. Zopencos extremistas, sansirolés equidistantes. O sea, la gripe A. Con «a» de asnos.

En el prefacio de «Las leyes» se estipula que subestimar a un necio es una necedad letal, un error mayestático. Carlo M. Cipolla abre su exposición asegurando que el índice del TPC (Tontos Per Capita) es mucho mayor de lo que sospechamos. Y concluye -tras un proceso lógico que combina rigor y perspicacia- poniendo en evidencia que un imbécil es una bomba de relojería que, antes o después, estalla. Cipolla compartimenta a las personas en cuatro categorías esenciales. Inteligentes: los que benefician al prójimo y salen beneficiados. Incautos: los que practican la bondad y reciben los palos. Malvados: los que siembran la peste y cosechan la pasta. Estúpidos: aquellos que, por perjudicar a los demás, se arruinan a sí mismos sin ningún empacho. Con eso y dos de pipas se monta la escaleta de los telediarios.

Ahora, en lugar de autocrítica, que es un palabro estalinista, chirle y devaluado, hagamos examen de conciencia que es lo cabal y lo cristiano. A Zapatero, a Aído, a Blanco, a la inefable Sinde-Linde de los asuntos culturales... ¿No les hemos tachado de merluzos genéricos siendo en realidad pirañas? Pues, ¿y en el rincón opuesto? ¡Ojalá se quedaran en panolis la jarca de sorayas, de arriolas, de lassalles...! Con la venia del mando, los molondros prosperan y los cacasenos barren. Pasarse de listillos: he ahí el drama. «Mea culpa». Por cierto, ¿dónde diablos está el baño?

 

domingo, 31 de mayo de 2009

Anexo un artículo de Arturo Pérez-Reverte, publicado en el magazin XL Semanal, ya en el pasado mes de enero.

Como se puede ver en él, en la España de ZP, la justicia ya no lleva una venda en los ojos, indicando que es igual para todos... En la España actual, unos somos más iguales que otros, así, si nos enteramos de que unas personas han tenido una reyerta doméstica y una de ellas ha salido herida, en seguida pensamos que la agresora ha de enfrentarse a la justicia, pero en la España actual, no. Según la Ley Zapatero de "¡IGUALDAD!", si la agresora ha sido la mujer, es inocente, pero si el agresor ha sido el hombre, es culpable, desde el principio, sin analizar los hechos y sin más zarandajas.

Si un político dice: "El mayor problema de España, son los casi cinco millones de desempleados", esto es un tema de gran transcendencia y muestra de una gran altura política y sentimiento social... si quien lo ha dicho es de "izquierdas", pero una afirmación antipatriótica, desleal y demagógica, si quien lo ha dicho es de "derechas"...

Por lo mismo, si casual o intencionadamente se encuentran restos humanos de la época de la guerra incivil, serán unos héroes, dignos de homenajes y entierros solemnes si se muestra que eran del bando republicano, o un estorbo inoportuno, si se muestra que eran del bando contrario, o incluso, si eran de ambos bandos.

Y el colmo de este tema, que no se menciona en el artículo es, cuando los restos eran de republicanos, pero asesinados por los del mismo bando, como ocurrió muchas veces, y se demostró en los restos encontrados en la base militar de Torrejón de Ardóz, cuyo hallazgo se ocultó precipitadamente para no avergonzar a los votantes de "izquierdas"...

 

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Treinta v seis aguafiestas

magazine Firmas Por Arturo Pérez-Reverte


Los bienintencionados desenterradores no supieron qué hacer con tanto fiambre fuera de programa


Lo bonito del putiferio en el que, poco a poco, nos instalamos con toda naturalidad, es que las pelí­culas de Berlanga empiezan a ser, comparadas con el paisaje actual, versiones sosas de lo nuestro. Eso está bien, pues con algo hay que disfrutar antes de palmarla. Y los periódicos, y los telediarios, y tender la oreja al runrún de cada día, deparan momentos sublimes de juerga moruna. Dirán algunos que de ciertas cosas no hay que reírse, pues nada tan virtuoso como la indignación ante la injusticia o la estupidez. Pero uno acaba por asumir lo evidente. En España, la justicia, las virtudes y la indignación ajena importan un huevo de pato. Dere­chas, izquierdas, nacionalistas y demás oportunistas, ciudadanos de infantería incluidos, cada cual va a lo suyo. Impasi­ble mientras no le toque. El héroe nacio­nal no es don Quijote, sino don Tañere-do. De manera que, como analgésico, a veces resulta útil atrincherarse en la risa. Reír, según la manera, es también un modo de ciscarse en su puta madre. En la de ellos -rellenen ustedes con nom­bres la línea de puntos— y en la de los incautos e imbéciles que los engordan.

La última es finísima. Buscando los restos de doce republicanos asesinados en el pueblo turolense de Singra, una asociación para la recuperación de la lla­mada memoria histórica desenterró hace más de un año, por error, treinta y seis cadáveres de soldados muertos durante la Guerra Civil, en la batalla de Teruel. Examinados los restos por un equipo de arqueólogos y forenses, y tras comprobar que allí nadie había sido fusilado, sino que todos eran hombres —muchos muy jóvenes— muertos en combate, los bien­intencionados desenterradores no supie­ron qué hacer con tanto fiambre fuera de programa. De haber sido los doce republicanos asesinados, la historia habría salido redonda: homenaje a las víctimas, malvados nacionales y demás parafernalia. Incluso con soldados leales a la Repú­blica, el asunto habría tenido por dónde agarrarse. Pero se daba la incómoda cir­cunstancia de que los muertos, enterra­dos en fosa común en el mismo campo de batalla, pertenecían tanto al ejército nacional como al republicano. Eran de los dos bandos, mezclados en la barbarie de la guerra y la tragedia de la muerte. Espa­ñoles sepultados juntos, como debía y debe ser. Como lección y homenaje, deli­berado o casual, de sus enemigos y com­pañeros. Así que imaginen el papelón. Nuestro gozo en un pozo, colega. Esto no hay quien lo venda al telediario. Treinta y seis aguafiestas jodiendo el invento.

Pero lo más fino es la solución. Tan de aquí, oigan. Tan española. Disimula, Manolo, y silba mirando para otro lado. Unas cajas de cartón, el alijo dentro, y los treinta y seis juegos de huesos deposita­dos en las antiguas escuelas del pueblo. Guarden esto aquí un momento, háganme el favor, que vamos a comprar tabaco. Hasta hoy. Y mientras escribo esta página, los despojos llevan trece meses muertos de risa, metidos en las mismas cajas, sin que nadie se haga responsable. El alcalde de Singra, que es socialista, anda un poquito mosqueado, diciendo que no está bien tener ahí los huesos de cual­quier manera; que cualquier día entran unos perros y se ponen ciegos mascando fémures de ex combatientes, y que los de la asociación desenterradora tendrían que hacerse cargo del asunto, comprar féretros y sepultar aquel circo como Dios manda. Y los otros, por su parte, llamándose a andana. Diciendo que, como no son los familiares que buscaban, pues que tampo­co hay prisa, buen hombre. Ni se acaba el mundo ni nos corren moros, que decían los clásicos. La asociación es modes­ta, no está para muchos gastos, y ya se hará cargo cuando buenamente pueda. Si puede.

Y claro. Uno piensa que, por azares de la vida y de la Historia, quien pudo acabar en esa fosa tan alegremente abier­ta pudo ser mi tío paterno, el sargento republicano de diecinueve años Loren­zo Pérez-Reverte; o el alférez nacional Antonio Mingóte Barrachina, que es la bondad en persona, con quien me siento cada jueves en la RAE; o el padre de mi compadre Juan Eslava Galán, que hizo media guerra en un bando y media guerra en otro. Y los imagino a todos ellos, o a otros como ellos, descansando tranqui­los y a gusto desde hace setenta años en su fosa común de Singra o de donde sea, bien juntos y revueltos unos con otros, rojos y nacionales, tras haberse batido el cobre con saña cainita y mucho coraje, como Dios manda. Y en eso llega una panda de irresponsables, les pone los huesos al aire y los deja en cajas de cartón, porque en realidad buscaban a otros. Y las quejas, al maestro armero. E imagino sus chirigotas y carcajadas de caja a caja y de hueso a hueso. Fíjate, compañero. Memoria histórica, la llaman. Hay que joderse. ¿Sabrá un burro lo que es un pictolín? Triste y estúpida España, la nuestra. La de entonces y la de ahora. Por esta peña de subnormales no valía la pena matarnos, como nos matamos. •


 

www.xlsemanal.com/perezreverte - XLSEMANAL   4 DE ENERO DE 2009


 


 

 

viernes, 29 de mayo de 2009

Nueva radiografía descarnada de José María Carrascal, sobre la España que nos ha impuesto ZP.  

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La guerra no ha terminado

 

JOSÉ MARÍA CARRASCAL - ABC.es - Opinión (miércoles 27 de mayo de 2009)

 

NINGUNA guerra dura más que las civiles, y que la nuestra no terminó el 1 de abril de 1939, sino que continúa, vino a confirmarlo el debate entre Juan Fernando López Aguilar y Jaime Mayor Oreja el lunes por la noche en Televisión española. El candidato socialista no tuvo ningún reparo en echar mano del franquismo para descalificar a su interlocutor, como si Franco siguiera vivo, en vez de haber muerto hace 34 años. No fue esa su única alusión a las dos Españas que se midieron en el campo de batalla. Su entero parlamento estuvo dedicado a resucitar el viejo duelo entre izquierdas y derechas, con él representando el progreso, y su adversario, la reacción. Lo creíamos superado, pero es la herencia de Zapatero, que nos ha hecho retroceder a la confrontación cainita, en su afán de dar la vuelta a la guerra civil que perdió uno de sus abuelos y ganó el otro, como ocurrió en tantas familias españolas. Lo malo es que para ganar esa guerra tiene que librarla de nuevo. Es a lo que se ha dedicado en sus cinco años de gobierno, a lo que se dedican sus ministros y a lo que se dedicó López Aguilar ante millones de telespectadores. No lo hacen sólo por motivos ideológicos, sino también por necesidades electorales. La crisis les ha arrinconado de tal forma y ha puesto tan al desnudo su fracaso que ya no les queda otro argumento que identificar al PP con el franquismo. Mayor Oreja podía haber recordado a su temerario interlocutor la larga lista de dirigentes socialistas españoles que entonaron loas a Stalin, a Mao, a Ho Chi Minh, a Fidel Castro. No lo hizo, no sé si por elegancia o por preferir recordar sus servicios a la Transición democrática y a la lucha contra ETA en el País Vasco, en la que, como tantos, arriesgó su vida. Hechos frente a eslóganes. Ese fue el debate. Lo malo para el PP y lo bueno para el PSOE es que, en televisión, los eslóganes se venden mejor que los hechos. Y aunque los hechos terminan imponiéndose, ocurre demasiado tarde la mayoría de las veces.

De ahí que prefiera clasificar el debate como un clásico encontronazo entre el ayer y el hoy. Pero, atención a esto, donde el hoy estaba representado por el candidato del PP y el ayer, por el candidato socialista. López Aguilar habló más del pasado que del presente, al que ni siquiera aludió, tal vez por saber que no significa nada bueno para él ni para su partido. En Europa, menos que en ningún otro sitio. Y estas son unas elecciones europeas, aunque no lo parezcan.

Las encuestas nos dirán quién ha ganado, aunque no hay que hacerles mucho caso dado lo manipuladas que están. Lo importante es saber si España sigue siendo «el país de sus antepasados», como la definió Kant, o sea, si su última guerra civil continúa, o si es el país de sus hijos, de los que últimamente no se ocupa demasiado.

 

 

jueves, 28 de mayo de 2009

Piénselo do, o tres, veces

Hace algunas semanas, os envié mi artículo "Mi primera detención policial", que no recuerdo cómo terminó, pero supongo que acabó en una advertencia a mi familia de que vigilaran de cerca a ese chico tan arisco...

Si hubiera ocurrido en la desmadrada España actual, supongo que, después de un largo y prolijo juicio de varios años, habría acabado con alguna condena a una institución correccional, por haber causado unas lesiones "desproporcionadas" con la agresión.

Ya que mis agresores, lo único que hicieron los pobrecitos, fue arrojarme piedrecitas durante varios días, supongo que un juez español moderno, habría pedido que la policía determinara cuantas piedras me arrojaron, y del total de las arrojadas, cuantas dieron en el blanco, por lo que me habría reconvenido muy seriamente que, yo tenía derecho a haberles arrojado a ellos, la misma cantidad exacta de piedras y del mismo tamaño exacto, pesadas en la correspondiente balanza y, ¡OJO!, haber acerttado exactamente la misma cantidad de veces, sin sobrepasarse ¿Eh?, que lo contrario es abuso de fuerza y desproporción en la repelión del ataque. Además, habría dicho que, como entre la primera agresión y mi respuesta, habían pasado varios días, había en ello premeditación y por tanto alevosía, contra los pobres e inocentes niños, (calificados así, cuidadosamente por su edad), mientras que la mía, a pesar de ser aproximadamente igual o menor, podría calificarse como de un mozalbete peligroso y abusón, ya que no hay derecho a meterse, un tipejo como yo, contra tres inofensivas criaturitas...

Defenderse de algo, es comprensible, pero PROPORCIONADAMENTE. ¡ojo!.

Adjunto el magnífico artículo de Arturo Pérez-Reverte, publicado en XL Semanal, de ABC de esta semana...

 

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Piénselo dos (o tres) veces

 

MAGAZINE Firmas                                                  Por Arturo Pérez-Reverte

Defender a una mujer en la calle es asumir la posibilidad de una pelea y una condena judicial. Si no, lo mejor es no meterse


 


Permítame un consejo, caba­llero. Si se tropieza con un fulano que le está dando una felpa a su legítima, o suce­dáneo, piénselo dos veces, incluso tres, antes de meterse en jardines. Estoy de acuerdo en que esas cosas no deben tolerarse. Admito, además, que no permiten reflexión previa, pues actúa el piloto automático. Todo depende de la casta y virtud de cada cual En principio, ante tales situaciones se es un mierdecilla o un tío decente. Ésa es la teoría ética. Pero estamos en España. Si defiende a señoras maltratadas, sepa a qué se expone. Una juez de Vigo nos lo recordó hace unas semanas, calzándole 3 meses de cárcel y 15.55O euros de multa a un joven de allí. Éste había cometido la ingenuidad de impedir que un pavo maltratase a su pare­ja. Le afeó la conducta y recibió un cabeza­zo. Entonces se lió la pajarraca, y el defen­sor de la moza le dio al otro una patada en la cara, rompiéndole la mandíbula.

Lo instructivo no es que el juicio se haya celebrado tres años después, ni que la defendida —como es frecuente— defen­diera al que le zumbaba, en plan soy de mi Paco y puede darme hasta con la hebilla, si quiere. La lección cívica del asunto reside en que la juez, aun admitiendo que la defensa fue oportuna y que el primer leñazo lo sacudió el maltratador, empito­nó al defensor de doncellas pese a que la sentencia reconocía que su reacción inicial «fue legítima», que el otro le dio el cabeza­zo «con ánimo de menoscabar su integridad física» y que el joven largó la patada «para repeler la agresión y evitar que continuase». Pese a lo cual, la juez estimó que la patada en el careto fue, sin embargo, «un exceso defensivo que no puede estar ya justificado por una notoria desproporción en el mismo». Dicho en cristiano, que el joven tenía que haberse defendido, pero menos. Con la puntita nada más. Dando unas pocas bofetadas con la mano abierta, o con unos calculados puñetacitos en el hombro. Una pelea civilizada, vamos. Políticamente correcta. De esa manera, el otro, acojo-nado, habría dejado de darle cabezazos. Seguro.

Me va a perdonar la juez de Vigo. De tribunales sabrá mucho, pero de peleas no tiene ni puta idea. Tampoco es que yo sea un experto. Me apresuro a matizarlo, por si acaso. Siempre fui —lo juro por el cetro de Ottokar— un cruce de osito Mimosín, Bambi y conejillo Tambor. Más o menos. Pero cualquiera que haya visto atizarse de verdad a dos tíos —la calle no es el cine— sabe que cada cual se las arregla como puede, y una vez metido en faena no anda calculando con qué da y dónde lo hace. La defensa con manos desnudas sólo es excesiva o desproporcionada si te ensañas cuando ya tienes al otro en el suelo. Mientras, se pelea para tumbarlo, con la sangre caliente y con la pericia y el coraje disponibles, procurando dejar fuera de combate a un adversario que, mientras colee, se revolverá contra ti. Y ese es lo que hay que evitar: que colee. Hasta ahí es razonable. Cuando se esparrama de tú a tú, con dos jambos dándose estiba, la desproporción viene si uno de ellos echa mano de herramientas que desequilibran la cosa, como un objeto contundente o una navaja empalmada. E incluso en tales casos lo desproporcionado es relativo. No es igual vérselas con uno de tu misma edad y calibre, que ser un tirilla de sesenta kilos delante de un animal de dos metros de largo por uno de ancho, o tener que zafarse de cuatro o cinco que te están breando o te van a brear. Ahí, a veces hay que echar mano a algo: una silla, una botella. En cualquier caso, y con permiso de la juez de Vigo, del Código Civil y del Código Da Vinci, lo aconsejable siempre es madrugar. Ser rápido, brutal y eficaz en la medida de las posibilidades que ofrezca tu forma físi­ca y tu propio cuerpo. Tu edad y tu destre­za. Quien pelea lo hace para ganar, no para que lo inflen, si puede evitarlo. Si no, lo mejor es no meterse. Así que ya me dirán ustedes, en ese contexto, si va a andar uno calculando dónde pega la patada, si el golpe lo da con el puño o con la palma, si la fuerza que aplicas al leñazo que consigues colocarle al otro para menoscabar su inte­gridad física es proporcionada, o si vulnera el artículo 33, apartado 48 bis, de la ley integral de Hostias Callejeras. Resumiendo: cuando ayudas a una mujer, asumes una posible pelea. Y, de igual a igual, ésta no hay forma de ganarla si no es rompiéndole la cara al otro. Así que en Vigo han hecho mal tercio a las maltrata­das y a los pardillos que aún las defien­den. La letra de la Ley es imperfecta, y el sentido común de quienes juzgan debe templar sus errores y lagunas. Puesto que a ningún maltratador se lo disuade con palabras o una simple bofetada, la senten­cia de Vigo sitúa el problema en un punto imposible. O te dejas machacar y pierdes la pelea, como el profesor Neira, o te buscas la ruina si la ganas. Hagas lo que hagas te la encuñan, y sólo aplauden si entras en coma. Eso es un disparate. Uno más de esta absurda Justicia nuestra, que siem­pre privilegia al canalla sobre las personas decentes. Quizás algunos jueces deberían darse una vuelta por la calle. Por la vida. •


www.xlsemanal.com/perezreverte - XLSEMANAL 24 DE MAYO DE 2009

 

lunes, 25 de mayo de 2009

Colombia en ascenso y decepcionante España

Con sana envidia de los colombianos, leo el escrito que, sobre Colombia, publica hoy el director de ABC y la "Tercera" que publicó ayer en el mismo periódico el académico Francisco Rodríguez Adrados, sobre la democracia, que, tristemente termina: ...en España. En temas como el de la unidad de la nación y de su cultura el balance de nuestra democracia es muy decepcionante.

 

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Uribe y los principios ante el futuro de Colombia

ÁNGEL EXPÓSITO - Domingo, 24-05-09 - ABC.es - Opinión - Foco del Director

 

Creo, sinceramente, que nunca he conocido a un político con el empaque y la fuerza de Álvaro Uribe. No sólo por la impresionante Colombia, que también, sino por él mismo. Pude tratar allí mismo a Gaviria, Samper, a Noemí Sanín, y nadie me impresionó tanto como Uribe. Ni siquiera Chirac, Erdogán, Karzai o Barroso, por citar algunos del resto del mundo.

Pero Colombia es mucho más que su presidente. Hablamos de una potencia en la región. De un país equiparable en su seriedad a México, Brasil o Chile. De un referente al que hay que apoyar y con el que habrá que trabajar. Mi colega Pérez-Maura, hispanocolombiano, me advierte que los principios están por encima de la gente. Y tiene razón. Por eso es muy difícil que Uribe se presente a la reelección y por lo mismo se puede entender el paso dado por Santos. Por todo ello, desde España hemos de estar atentos a Colombia. Un país clave en la región y en el planeta hispanoamericano. Una vez más, que los árboles no nos impidan ver el bosque.

Ángel Expósito. Director de ABC

 

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De la democracia, su historia y su presente

 

FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS de las Reales Academias Española y de la Historia

Sábado, 23-05-09 - ABC.es - Opinión - La Tercera

 

HAY cosas sobre las que uno lleva pensando años y años, pero cuando llega el momento de ponerlas en palabras se ve obligado a repensarlas con nuevos relieves y menos ambigüedades.

Así me ha sucedido cuando, hace poco, he dado en Madrid un ciclo de conferencias sobre sociedad y política en la antigüedad greco-romana, en las que hacía algunas referencias a hechos contemporáneos. Todo va unido, nada puede ni debe ser aislado. Y todo evoluciona, también. Y lo hace en un ciclo que introduce siempre variantes. Se pasa de un sociedad y política cerradas a otras abiertas, más liberales y democráticas. Y de nuevo a las primeras. Los errores de un régimen traen el contrario y al revés.

En Grecia, la democracia fue una respuesta a la opresión de los tiranos, un acuerdo, desde Solón y luego Clístenes, que fue generalmente aceptado, tras una fase de literatura y pensamiento que la preparó: la que yo he llamado literatura predemocrática, que instauró los valores de la libertad, la igualdad, la crítica, el reparto del poder dentro de acuerdos pacíficos.

Empecé a escribir sobre esto nada menos que en los años sesenta, cuando se abrían paso, en España, esas fuerzas. Poco a poco impregnaban a más y más españoles, eran una necesidad. He seguido pensando y escribiendo sobre el tema hasta ahora. Varía en el detalle, pero es omnipresente. Y también el de las razones humanas e históricas de la democracia, también el de sus éxitos. Y el de sus problemas.

Porque todos tienen noticia del origen de la democracia en Atenas, pero mucho menos de su curso y su decadencia, de sus éxitos y sus excesos (y de los de sus críticos), de comportamientos que han resultado peligrosos y de su caída. Atenas capituló ante Esparta y sus aliados el año 404 a. C. (luego una democracia renovada capituló, otra vez, ante Filipo el 338). Muchas lecciones pueden desprenderse de esto.

Y eso que Atenas era una pequeña ciudad y su democracia era incompleta. No existía todavía para un segmento importante de su población: mujeres, extranjeros domiciliados, esclavos. Aun así, dado que su ambiente a todos llegaba, puede dar lecciones: para bien y para mal.

Lecciones para bien daba, por ejemplo, el poder de la Asamblea, que podía destituir al propio Pericles. Las magistraturas colegiadas y por plazo limitado, la exigencia a los magistrados salientes de rendir cuentas, el que una prepuestación de ley o decreto tuviera que pasar previamente por un doble tamiz, el del Consejo y el de la Asamblea. Más aún, antes de la propuesta formal, cualquier ciudadano podía interponer una graphé paranómwn, un recurso de ilegalidad: si prosperaba, no se admitía la presentación de la propuesta.

Bien nos habría venido esto a nosotros, ciudadanos de un país en que tantas disposiciones, del Gobierno y las Autonomías, que bordean o violan directamente la Constitución, son aprobadas sin más por instancias de varios niveles. Se aplican sin más y luego, solo luego, puede haber un recurso ante los tribunales. El Estatuto catalán es un caso entre tantos, aunque el Tribunal Supremo lo recorte después, ya veremos, el daño está ya hecho.

En fin, otros rasgos de aquella democracia se repiten ahora en todas: el libre debate, la protección a los más débiles. O se intenta hacerlo. Y hay otros que nos gustaría no ver y sin embargo los vemos cada día. Me refiero, por ejemplo, a la politización de la Justicia, que se usó ya contra Pericles, Sócrates y otros más, como Alcibíades, con daño para Atenas. O que el éxito de los políticos dependiera, muchas veces de su sonrisa o sus gestos o su demagogia extremista, de su convertirse en una especie de atletas o de actores de teatro. Cuando Alcibíades ya no sabía cómo llamar la atención, cortó la cola a su perro, para que los atenienses tuvieran algo de que hablar en relación con su persona.

Sobre todo: la democracia es la línea media, esto bien lo vió Aristóteles. Y los trágicos sabían que el exceso, el que alguien creyera que podía conseguirlo todo, traía el desastre. Por obra de los dioses (así Esquilo) o de la propia naturaleza humana (así Tucídides). El forzar graves decisiones sin posible retorno sobre la base de mayorías circunstanciales, irrazonables, ciegas, de mera conveniencia, dañinas además para un sector importante de la población o para la totalidad de ella, trae funestas consecuencias.

Por ejemplo: la guerra civil, esto ocurrió en Atenas cuando insensatamente se embarcó en una imposible guerra externa. O la indiferencia de los más, a los que hubo que pagar para que asistieran a la Asamblea. O el fin de la gran Literatura y el gran Pensamiento. O, simplemente, la derrota, la caída, la vuelta de regímenes en que el poder residía en una o muy pocas personas. Esto sucedió en Atenas. El miedo al desorden hizo crecer en ella, en el siglo IV a. C., el sector filomonárquico, Filipo y Alejandro bien que lo utilizaron.

Con todo, los valores humanos que engendró o hizo culminar la democracia ateniense, no se perdieron. Toda la Antigüedad, desde los reinos helenísticos al imperio romano, incluida su fase cristiana, está impregnada de ellos, pese al descenso de las libertades políticas. Pasaron a la Edad Media y a todo el futuro. El ideal del Buen Rey que gobernaba al pueblo siguiendo un ideal de virtud, fue el dominante. Y quedaron gérmenes visibles o larvados que ayudaron, en el momento adecuado, a recobrar la libertad política.

Sin griegos y romanos no habría retornado esto al mundo, tras intentos, o exitosos o frustrados, procedentes del ambiente del Renacimiento, el Humanismo y la Ilustración.

Así en las ciudades libres de Italia o Alemania, en las Comunidades de Castilla o en las revoluciones francesa o americana. Claro que el peligro acecha siempre a estas Revoluciones cuando, aunque tengan motivaciones comprensibles, rompen los límites. Este es el caso de revoluciones como la francesa y la rusa, que no carecieron de motivos, pero estuvieron plagadas de errores y crímenes. Y de tantas cosas que leemos todos los días en los periódicos.

Ese peligro de romper el límite de lo posible acecha siempre a todas las democracias. Una y otra vez vemos cómo es funesto para ellas, cómo se atraen así la ruina. No se trata de ser agoreros sin motivo. El riesgo acecha siempre a los hombres y a las sociedades cuando se salen del carril legítimo y creen que todo puede dárseles gratis y sin esfuerzo. De aquel difícil equilibrio entre autoridad y libertad, que dijo Tácito. Cuando se abandona la cultura del esfuerzo y se adopta idealismos tan engañosos como imposibles. Cuando se cae en el exceso irracional, en la hybris del poder. Con o sin mayoría.

Yo intentaba, simplemente, exponer hechos, datos, venturas y desgracias de hombres y sociedades dentro de esquemas que se repiten. La historia está viva, ignorarla es suicida. Hay caminos buenos y malos. Y mixtos: lo más deseable se frustra de mil modos, por la ceguera y el error.

Temo que haya bastante de ello, ahora, en España. En temas como el de la unidad de la nación y de su cultura el balance de nuestra democracia es muy decepcionante.

 

domingo, 17 de mayo de 2009

Ley islámica y El Pito

Un par de artículos publicados hoy, en ABC y en La Razón...

 

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Gracias por votar

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Ley islámica contra piratería

JOSÉ MARÍA CARRASCAL - Domingo, 17-05-09 -ABC.es - Opinión - Firmas

 

YO no tengo, como los políticos, la formula para salir de la crisis económica (ni creo que la tengan ellos), pero sí tengo la de acabar con la piratería en aguas del Cuerno de África. Nada de entregar los piratas capturados a las autoridades keniatas, como ha hecho el comandante del «Marqués de la Ensenada», ni de dejarles en libertad, como quería el juez Andreu, ni de traerles a España, como decía el fiscal, sino algo mucho más lógico y sencillo: entregarlos a sus autoridades. Y como en Somalia no hay una autoridad nacional, hacerlo a las locales, esto es, a los ancianos de las tribus y a los imanes, que actúan como jueces según la ley islámica.

Imagino que alguno de ustedes, tras leer lo precedente, se habrá dicho: «Pero a este Carrascal se le han fundido los plomos. ¿No sabe que todas aquellas gentes están aprovechándose de la piratería, que los millones de dólares y euros que los piratas sacan de los rescates de barcos y tripulaciones se los gastan luego en tierra, donde deben de ser tratados como reyes?» Eso me creía yo hasta leer el reportaje que Jeffrey Gettleman envía al New York Times desde la zona. En efecto, los piratas se convirtieron de entrada en los amos del cotarro, gastando el dinero a manos llenas en juergas, borracheras y francachelas. Y creando un desorden cada vez mayor en una región que ha venido viviendo poco menos que en la edad media, donde el mayor lujo era desplazarse en camello en vez de a pie. El cambio ha gustado muy poco a los viejos jeques, que han empezado a organizar milicias contra los piratas, y ha gustado aún menos a los imanes, que condenan en las mezquitas sus ofensas al Corán e instan a las mujeres evitar todo contacto con ellos. Tan decididos están a cortar por lo sano, en el sentido literal de la palabra, que un tal Anshir Boyah, que se precia de haber asaltado 25 barcos, dice al periodista norteamericano: «Esos tíos islamistas te cortan las manos si te agarran, así que va siendo hora de cambiar». Como saben, el castigo para los ladrones en la ley islámica es cortarles la mano y los piratas somalíes empiezan a estar considerados como tales.

Así que ya saben la fórmula para acabar con ellos. Nada de complicarse la vida trayéndolos a España o de entregarlos a los keniatas para que los juzguen. Entregarlos a sus autoridades. Mano de santo. O de pirata.

Aunque no creo que mi propuesta prospere, dado el rechazo que seguro encontrará entre la misma progresía que dice apoyar la alianza de civilizaciones y respetar las costumbres de otros países. Pero a ustedes puede interesarles e incluso divertirles, habiendo últimamente tan poco de qué reír. Por cierto, ¿se imaginan la cantidad de mancos que habría en España si se aplicase la ley islámica?

 

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El pito

COSAS QUE PASAN

 

Ha dicho Anasagastí que al Rey le han pitado porque ahora se puede pitar, no como en tiempos de Franco

Pitos para pitar a Franco los había a miles, y si no le pitaron fue por una sencilla razón. No se atrevieron

 

Alfonso USSÍA - LA RAZÓN • Domingo. 17 de mayo de 2009

Me dispongo a escribir del pito de Anasagasti. Que nadie se asuste. Se trata de un pito fi­gurado, metafórico. Podría hacerlo también del pito del sereno, pero carezco de fuerza argumenta! para llevarlo a cabo. El único dato que tengo del pito del sereno es la bronca del guardia urbano de «La Verbena de la Paloma» cuando afea a un sereno su obsesión por tocar el pito después de la trifulca de Julián y don Hilarión, el boticario viejo verde. «Ustedes por allí, /los otros por allá, / ni «usté» aquí toca el pito / ni «usté» aquí toca «na». Coincidirán conmigo, que con tan poca información del pito del sereno, elija el de Anasagasti, así todo junto, porque si fuera Ana Sagasti, por se­parado, lo de su pito merecería más la atención de los científicos que la de este nada humilde escritor.

Hay otros pitos por ahí que tam­bién arrincono en espera de mejor ocasión. El «pito, pito, gorgorito» y el pito del «Manneken Pis» bruseliano, muy retratado por el turismo. Me quedo definitivamente con el de Anasagasti, entre otros motivos, porque viene a cuento. Y a cuento viene, porque el senador del PNV, últimamente faltón y deslenguado, ha celebrado la pitada que los nacionalistas vascos y catalanes dedicaron al Rey y al Himno de España, con una especial alegría y un torpe y comprometedor argumento. Ha dicho que al Rey le han pitado porque ahora se puede pitar, no como en tiempos de Franco, que estaba prohibido hacer­lo al entonces Jefe del Estado. Con ese bagaje argumenta!, Anasagasti ha llamado «cobardes» a todos los nacionalistas vascos que acudieron en aquellos tiempos a las finales de la Copa de España que presidía el Generalísimo. Porque pitos había, y se vendían en las tiendas especia­lizadas en pitos, en las pitorerías, y también en las papelerías, estable­cimientos de máscaras y bromas y en los tenderetes de la Plaza Mayor. No queda tan lejos el franquismo, y había pitos de metal y de plástico, los últimos más asequibles pero menos melódicos y canoros que los metali­zados. Ignoro si Iñaki Anasagasti asistió, como aficionado del Athletic de Bil­bao, a alguna final disputada por su equipo del alma o no pudo hacerlo por estar en su país, Venezuela. Pero si lo hizo, me reconocerá que los aficionados del Athletic aplaudían casi por unanimidad a Franco, y los que no querían hacerlo, no lo hacían y nada les ocurría. Pero pitos para pitar a Franco los había a miles, y si no le pitaron fue por una sencilla razón. No se atrevieron. Y eso dice muy poco de un «valiente pueblo» enfrentado al Estado Español, que así es como dicen cuando se refieren a España. No tiene mérito montarle una pitada nacionalista al Rey cuan­do no existe riesgo de multa o de de­tención. Que le pregunten a Sarkozy por las medidas que ha adoptado para que los emigrantes en Francia no piten cuando suena «La Marsellesa». Aquí, en España, somos aún más libres. Decir que se pitó al Rey porque ahora se puede y no a Franco porque antes no se autorizaba, es una confesión de cobardía colectiva que habrá molestado sobremanera a los vascos. Anasagasti, pudo haber comprado un pito antes de cualquier final presidida por Franco. Si no so­pló o se lo tragó antes de hacerlo, no fue por culpa de Franco. Fue porque no hubo cojones.